La profunda familiaridad de Dalí con la mitología griega le servirá como recurso artístico para
diversos temas asociados a sus propios intereses. El mito cuenta la huida de Dédalo e Ícaro,
padre e hijo, encerrados por el rey Minos de Creta, del laberinto de Cnosos. Dédalo se las
ingenia para construir unas alas para volar y tras despegar Ícaro no atiende a los consejos de
Dédalo, seducido por el espectáculo del vuelo. El mito de Ícaro representa la soberbia humana
de la juventud contrapuesta a la humildad de la experiencia, pero es también el conflicto entre
padre e hijo, entre la prudencia de la edad madura y la imprudencia de la juventud, aspectos
asociados a la relación compleja y difícil con su propio padre. En plena madurez, cuando Dalí
realiza esta escultura, sus demonios familiares siguen existiendo y son neutralizados a través
de este tipo de temas, cuestionando el valor del mito.
Los autores clásicos lo relatan como Virgilio en la EneidaPara Horacio el vuelo de Ícaro
equivale a la osadía poética, y en el siglo XVI español tratan el tema autores como Garcilaso de
la Vega (h. 1501-1536), comparando ese vuelo con el impulso amoroso. La destrucción de Ícaro
supone la luz cegadora de la amada, algo muy del gusto daliniano. Pero Ícaro también tiene
para Dalí connotaciones similares a la teoría de Platón expresada en su texto de Fedro: «el
poder natural del ala nos eleva por encima de la opinión (doxa) y hasta la ciencia del saber».

