La pasión por la obra de Miguel de Cervantes (1547-1616) es recurrente en la trayectoria artística de Dalí, quien realiza variaciones sobre el Quijote desde 1925 hasta su muerte en 1989. Ilustraciones, dibujos y esculturas sobre los personajes de la obra inundan su universo estético creando una dinámica artística única que se cristaliza en las tres series que lleva a cabo entre 1945 y 1975, consideradas un referente en la historiografía de la ilustración de la gran obra cervantina y comparable a las realizadas por autores como Robert Smirke (1752- 1845), Adolph Schrödter (1805-1875), Gustave Doré (1832-1883), Adolphe Lalauze (1838-1906) o los españoles José del Castillo (1737-1793) y Antonio Carnicero (1748-1814).
En este bronce confluyen dos aspectos destacados de su obra. Por una parte, su pasión por el tema cervantino por la que la efigie de Dulcinea es elevada a la categoría de musa y con la que el autor vincula la metáfora estética de Gala, que aparece como su apoyo espiritual frente a sus propios monstruos. Gala-Dulcinea es la misma persona, al igual que el autor se identifica como Alonso Quijano-Dalí, dominado por la imaginación: la razón y el equilibro frente a la sinrazón y la fantasía. Por otra, ella representa la luz, cargada de cierto misticismo que acompaña al artista desde hace tiempo en sus expresiones plásticas y que él recrea con cierta ingenuidad, como puede apreciarse en una cromolitografía titulada Dulcinea (Dulcinée) del Toboso de 1971 (colección particular).

