La obra es realizada durante su estancia en el hotel St. Regis de Nueva York en 1975. El artista llega a afirmar que «es una figura cibernética», queriendo mostrar con el aspecto rugoso de la vestimenta, los harapos gastados de Quijano. Para darle mayor valor como «figura cibernética», le incorpora en un primer momento unos elementos dorados como base. De ellos, hoy desaparecidos, se conservan algunas fotografías. Dalí realiza dos versiones, una en papel de estaño e inmediatamente después una en cera.
Como asiduo lector, Dalí domina la literatura en torno a la obra cervantina y su empatía por ese libro se manifiesta a través de sus numerosas representaciones a propósito de él. La obsesión del hidalgo por encontrar las almas puras, su amor incondicional hacia un ser irreal y su profundo idealismo que entronca con el carácter hispano del autor. Dalí también se obsesiona con la figura del escritor, Miguel de Cervantes (1547-1616), no solo porque se compara con él como un genio creador —así explicado en su Carta abierta a Salvador Dalí en 1966—, sino porque de Cervantes extrae lecciones de supervivencia respecto a la tragedia de los grandes hombres en nuestro país: «para mí, lo envilecedor es morir en la miseria, como Cervantes después de haber creado al inmortal don Quijote, o como Cristóbal Colón, pese a haber descubierto América» (Dalí y Parinaud 1973).

