En esta escultura Dalí funde una imagen viva, la de una pequeña bailarina de flamenco, Carmen, quien domina el baile y que es conocida como la Crótalos (nombre derivado del término para un instrumento mediterráneo de percusión formado por dos platillos de bronce que se hacen chocar entre sí).
Es bien conocida la afición de Dalí a la música flamenca como un elemento más de identidad hispana. En su residencia de Cadaqués recibe a bailaores y artistas que hacen las delicias de sus fiestas. Es muy posible que esta simpatía por el flamenco venga de sus años de amistad con Federico García Lorca (1898-1936), verdadero apasionado de este arte. Durante su estancia de 1927, los dos amigos frecuentan los ambientes flamencos de Figueras y Cadaqués, donde conocen al crítico artístico, apasionado igualmente por la fiesta, Sebastià Gasch (1897-1980), quien dirá de Lorca: «Rezumaba “sur” por todos los poros». En su contemporaneidad Dalí quiere fusionar un baile ancestral, ya reconocido desde la Antigüedad como identidad hispana (en Roma eran famosas las bailarinas gaditanas), incorporando acciones artísticas modernas. De ahí que en 1957 invite a Micaela Flores Amaya, la Chunga, a realizar un happening en su casa de Cadaqués en el que la bailaora zapatea sobre un lienzo blanco instalado en el suelo mientras Dalí aplica pintura sobre él.

